—Doña Clara es muy hermosa.
Plegó el bellísimo entrecejo Dorotea, y adelantó el labio inferior en un mohín desdeñoso.
—Aunque tú seas tan hermosa ó más hermosa que doña Clara, hija, te falta una cosa que á ella le sobra.
—¿Y qué es lo que me falta?
—Ser fruto prohibido.
Conmovióse profundamente la Dorotea, y sus ojos se arrasaron de lágrimas; al tío Manolillo se le desgarró el corazón.
—¡Oh! ¡sí, es verdad!—dijo dolorosamente la Dorotea—ella es una noble dama; su padre es un valiente soldado... yo... yo no tengo padres... yo soy una mujer perdida; ella es menina de la reina... yo soy comedianta... pero ella no le ama como yo... no, no le ama como yo... de seguro ella no es capaz de hacer por él lo que yo haré... ella... ¡ah! ¡ella es altiva! está enorgullecida por su nombre, por su nobleza, y él es sobrino de un cocinero... esa mujer... aunque le ame... estoy seguro de ello, no le confesará su amor... mientras que yo le he abierto mi alma entera.
—¡Ah! ¡estás loca por él, hija mía!
—Yo no sé... yo no sé... pero me parece que le he conocido toda mi vida; que Dios me ha criado para él... me parece el más hermoso del mundo... no se aparta de mi memoria... y mirad: hoy he representado mejor que nunca... y es que... hasta hoy no había comprendido el amor... hoy he pronunciado los amores de la comedia con el alma... y el público me ha aplaudido con frenesí... y escuchad: nunca los aplausos me han satisfecho tanto... nunca me han causado tanta alegría... nunca me han enorgullecido de tal modo... porque estaba él allí... me veía... me oía... escuchaba aquellos aplausos... ¡oh! si ese hombre no es de piedra me amará... me amará... porque yo quiero que me ame... lo quiero y será.
—¡Estás loca!—repitió tristemente el tío Manolillo.