—¡Casilda, mi manto y mi litera!—gritó la Dorotea poniéndose violentamente de pie.
—¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!—murmuró para sí el bufón—¡si al menos ella no fuera tan desgraciada! ¡Si ya que de tal modo ama á ese hombre, él la amase!...
Entre tanto, Dorotea se ponía apresuradamente el manto; cuando le tuvo prendido, se volvió impaciente al bufón, y le dijo con la voz temblorosa:
—Vamos, llevadme al alcázar.
—Una palabra no más: ¿serás prudente?
—Sí.
—¿Me obedecerás?
—Sí.
—¿Vieres lo que vieres?
—Sí.