—Que lleven al momento esta carta donde dice el sobre—dijo el padre Aliaga—; vos, seguid acechando; si esos hombres salen antes de que lleguen dos ministros del Santo Oficio, les haréis seguir por el lacayo de palacio que creáis más á propósito.
—Muy bien, señor.
—Ahora, enviad recado á la señora doña Clara de Soldevilla, menina de su majestad, de que yo la pido licencia para verla.
—Venga vuestra señoría conmigo; cabalmente doña Clara, según me ha dicho su dueña, no está de servicio.
—Vamos, pues—dijo el padre Aliaga.
Ruy Soto encendió una lámpara de mano, abrió una puertecilla y subió por una escalera de caracol.
El padre Aliaga le siguió.
Poco después Ruy Soto llamaba á la puerta del cuarto de doña Clara, y daba el recado del padre Aliaga.
El confesor del rey fué introducido en el elegante gabinete de doña Clara.
La joven estaba pálida, cansada, y la palidez y el cansancio aumentaban su hermosura.