—¡Oh! ¡bendito sea Dios, que os veo!—dijo levantándose y poniendo un sillón junto al brasero al padre Aliaga.

—Me habéis escrito una carta que me ha puesto muy en cuidado—dijo fray Luis.

—En efecto; me he visto obligada á escribiros, y no me he atrevido á confiarlo todo al papel; si no hubiérais vivido en un convento, yo misma hubiera ido á veros.

—¿Tan importante es el asunto?

—¡Oh! sí; importantísimo.

—Ya he visto por el contenido de vuestra carta...

—Que su majestad está amenazada.

—¡Ah! ¡ah! ¡esto es muy grave!

—La traición nos rodea por todas partes.

—Habéis acusado á dos personas.