—¿Y no las habéis preso?
—No; no tenía bastantes razones.
—Sois otro misterio para mí, fray Luis.
—¿Otro misterio?...
—Sí por cierto; no os comprendo bien; se os acaba de dar un poder formidable; ha llegado nuestra hora... y sin embargo, vaciláis.
—Creo que estamos en los momentos de mayor peligro, doña Clara—dijo el padre Aliaga—; y os engañáis, no vacilo; soy prudente y nada más; ¿creéis que nuestros peligros puedan estar en un ropavejero y en una comedianta?
—Ellos pueden difamar á su majestad.
—Si esos miserables pueden, de seguro hay personas más altas que pueden más que ellos, y con prender á esos ruines, no haremos más que dar un aviso á gentes á quienes debemos tener hasta cierto punto confiadas.
—No soy de la misma opinión que vos; cuando hay un incendio, antes de todo, se corta para que no se propague.
—¿Y sabéis, doña Clara, si tenemos fuerzas bastantes?