—Dios, de seguro, nos ayudará.
—Dios, en sus altos juicios, permite el martirio de los inocentes—dijo profundamente el padre Aliaga—; somos muy pocos los leales; muy pocos los que servimos como Dios manda á nuestros reyes... luchamos y lucharemos... si caemos en la lucha, habremos caído cumpliendo con nuestro deber. Pero aprovechemos el tiempo, señora; ¿qué pasa en palacio? Cuando yo vine esta mañana, encontré grandes novedades; el rey y la reina se habían reconciliado; su majestad estaba contenta...
—Y el tío Manolillo más provocativo que nunca.
—¡Oh! ¡no comprendo á ese hombre!
—¡Oh! ¡juro á Dios—dijo doña Clara, que no había olvidado la entrevista de aquella mañana con el bufón—que yo conoceré á ese hombre!
—Paréceme, sin embargo, que tiene un buen fondo.
—¿Y quién sabe lo que hay en el fondo del alma de ese hombre?
—Pues creo que le debemos mucho; el rey me ha hablado de ciertas comunicaciones secretas...
—En efecto; el tío Manolillo conocía el secreto de esas comunicaciones.
—Se le debe, pues, el que se hayan visto sus majestades y el que la reina haya influído sobre el rey.