—En esto han andado otras dos personas.

—Sí; un hidalgo que ha llegado á Madrid, á quien conoce su majestad la reina—dijo el padre Aliaga con el acento más reposado del mundo, aunque sentía una ansiedad cruel por oír la contestación de doña Clara.

—La reina no conoce á ese caballero—dijo la joven.

—¿Que no le conoce?...

—No; ni siquiera le ha visto.

—Me ha escrito, sin embargo, su majestad, en su favor.

—Es lo más natural del mundo; ha hecho un gran servicio á su majestad, rescatando ciertas cartas, que escritas por su majestad á don Rodrigo Calderón, con sobrada confianza en su lealtad, la comprometían. Es muy natural, que cuando se ha encontrado, como quien dice, en medio de la calle un corazón y una espada tales, se les aproveche; no sobran hoy los amigos... á propósito, ¿habéis conseguido ya la compañía para ese caballero?

—Sí, sí por cierto—dijo el padre Aliaga, metiendo una de sus manos en el interior de su hábito, y sacando un papel doblado—: he aquí su provisión de capitán de la tercera compañía de la guardia española, al servicio de su majestad... tomad.

—¿Y para qué quiero yo eso?

—Me han dicho que ese joven os ama.