Púsose vivamente encarnada doña Clara.
—¿Y quién dice eso?—exclamó con precipitación.
—El tío Manolillo, y aún añade más: dice que vos le amáis...
—¡Yo! ¡á un hombre que he visto dos veces!
—Pero es un hombre hasta cierto punto extraordinario... ¿qué digo? hasta cierto punto grandemente extraordinario.
—Lo extraordinario de ese joven...—dijo tartamudeando doña Clara.
—Consiste en todo: en su nacimiento, en su hermosura, en su corazón, en su vida, en su suerte, que le ha procurado una ocasión envidiable de darse á conocer apenas llegado á Madrid.
—¿No hay ninguna intención debajo de vuestras palabras, padre Aliaga?—dijo la joven mirando de hito en hito al confesor del rey.
—¿Y qué intención puede haber?
—¿No habéis temido que no fuera yo, sino otra persona quien amase á ese joven?