—¡Ah! ¡sí! ¡vuestra menina! quiero decir, vuestra dama de honor... porque ya recordaréis que hemos convenido en que es ya muy crecida para menina... la bella y honradísima doña Clara Soldevilla.

—Y además, está ya en buena edad para casarse—dijo la reina.

—Casarse... si bien... es una mujer envidiable... yo sé de muchos que la han solicitado, que han querido casarse con ella... pero ella no ha querido á ninguno.

—Yo aseguro á vuestra majestad, que con quien yo querría casarla es muy del agrado de doña Clara.

—¿Y quién? ¿quién es él?

—El vencedor de don Rodrigo Calderón.

—¡El sobrino de mi cocinero!—exclamó con desprecio el rey—. Esa es una alianza indigna de doña Clara; mi valiente coronel Ignacio Soldevilla, tendría mucha razón de enojarse conmigo, si yo introdujera en sus cuarteles un mandil y un gorro blanco: eso no puede ser... no será...

—Los reyes ennoblecen—dijo contrariada la reina.

El padre Aliaga acudió en socorro de Margarita de Austria.

—Ese joven—dijo—, no es sobrino del cocinero mayor.