Entonces Juan vió el papel que estaba pegado y sellado sobre la cerradura, y leyó en él en letras gordas lo siguiente:

«Yo, Gabriel Pérez, escribano público de la villa de Navalcarnero, doy fe y testimonio de cómo el señor Jerónimo Martínez Montiño recibió cerrado y sellado como se encuentra este cofre.»

Y por bajo de estas palabras se veía la fecha y el signo y la firma del escribano.

—Pero no podemos abrir este cofre—dijo el joven.

—Si no le abrís vos, le abrirá la Inquisición.

—¡Ah!

Francisco Montiño desnudó su daga, despegó de un solo corte y de una manera nerviosa el papel.

Debajo de él, en un rebajo del arca, encontró una llave.

—¡Ah! todo estaba previsto—dijo el cocinero del rey—. Abramos.

—A vos dejo la responsabilidad de este hecho—dijo Juan.