—Vete al momento á casa del señor Justo—le dijo Longinos—, y que envíe ropas de Cambray para un hidalgo y una gola rica rizada, que no haya más que ponérsela; luego pásate por casa del señor Diego Soto, y que envíe unas calzas de grana de lo más rico, pero al punto, al punto.
El mancebo, con mandil y todo, se lanzó en la calle.
Faltan jubón, gregüescos, ferreruelo y sombrero; el ferreruelo debe ser de terciopelo, el jubón de brocado, los gregüescos de lo mismo que el ferreruelo, y el sombrero igual. Pero es el caso que estas ropas, que yo sé quién las tiene sin estrenar, ricas y buenas, y que es persona así de vuestras carnes, que os vendrá pintada su ropa, y que si se le paga bien y secretamente, no tendrá reparo, y que á más se halla necesitadillo de dinero...
—Pues al momento.
—Poco á poco: el sombrero necesita una toca rica; una toca por lo menos de oro á martillo; el jubón necesita herretes; las cuchilladas piedras ó perlas, y luego espada.
—Todo eso lo tengo—dijo don Juan, descubriendo el resto de su tesoro y abriendo los estuches.
—¡Misericordia de Dios! ¿sabéis lo que tenéis aquí, señor?
—Pienso que es mucho.
—Esta pedrería vale lo menos dos millones de ducados.
—Pues bien; puesto que soy tan rico, veamos si me puedo presentar en la corte como conviene.