—Indudablemente, señor, indudablemente; el dinero hace milagros. Voy á escribir á algunos caballeros conocidos, que andan necesitados; porque la corte traga mucho: voy á procuraros hasta carroza; en cuanto á lacayos y cochero, yo haré que vengan buenos; las libreas se comprarán hechas... y la espada, la espada es lo primero: yo tengo aquí una buena espada de corte, pero no vale ni la centésima parte que esa empuñadura y esas conteras; se montará al momento...
—No, montad esta buena hoja—dijo don Juan desnudando su espada.
—¿Sabéis, señor, que tenéis un arma de las buenas?... Andresillo, hijo, ven acá...
Apareció otro oficial.
—Déjalo todo; monta esta hoja en esta empuñadura, y esta contera en una vaina blanca, rica... anda, hijo, anda; dentro de una hora ha de estar corriente: entretanto, señor, mis nietas coserán los herretes, la toca y las perlas y las chapas del talabarte...
—Y entretanto yo... me daréis de almorzar... me lavaré después...
—Sí; sí, señor; entrad... y ya veréis... ya veréis.
Y precedió al joven por unas obscuras escaleras murmurando:
—¡Y que por estos quehaceres no pueda yo oír como todos los días la misa del licenciado Barquillos! ¡Válgame Dios!