—¡Está amaneciendo!—exclamó con acento duro—. ¿Qué sucede, Casilda? anoche me acosté demasiado tarde y me despiertas al amanecer. Estoy servida detestablemente.
—Son las ocho y media, señora—dijo temblando la doncella.
—Te dije que no me llamaras hasta las doce.
—Es que está ahí don Juan.
—¡Don Juan! ¡y de día! ¡y acaso por la puerta principal!
—Sí; sí, señora.
—¡Qué imprudencia!
—Nadie ha podido verle. El lacayo de su excelencia no ha venido todavía.
Este excelencia era el duque de Uceda.
—El duque se fué anoche muy tarde; cuando yo te avisé aún no se había ido; tú te acostaste, yo misma le hice salir por el postigo... podía estar el duque todavía aquí. Te tengo dicho que cuando don Juan venga á una hora imprevista, le contestes como si no le conocieras y le despidas. Esto está convenido entre don Juan y yo. Eres, pues, una torpe.