—¡Ah! en verdad que ese hombre es muy rico—dijo el sargento mayor—; pero según pienso y por los informes que tengo, dentro de poco no podrá hacerte tales regalos.
—Es mucho lo que los celos entorpecen los sentidos—dijo doña Ana—; el cocinero mayor, me ha dado, en verdad, esta joya, pero ha sido en nombre de más alta persona.
—¡Del duque de Lerma!
—¡Más alto!
—¡Del rey!
—¡Del rey!
—¡Imposible! ¡de todo punto imposible! el rey no piensa más que en cazar, en dormir y en rezar. Con presentarse muy hinchado y grave al lado de Lerma en las audiencias, piensa que ya tiene hecho todo lo que tiene que hacer para ser rey... pero á don Felipe III no se le conocen galanteos... tan devoto... tan asustadizo... buena fortuna sería, y estaríame yo sin venir á verte á tu casa, que ya nos veríamos fuera de ella, aunque fuese de año á año... ¡pero vamos! ¡es imposible!
—Estos hombres creen que las gentes no son más que lo que parecen—dijo con desdén doña Ana.
—No tal, no; yo no creo eso, porque sé muy bien que tú y yo somos una cosa y parecemos otra. Pero tratándose del rey... ¡cuando te digo que no puede ser!
—¿Y de dónde ha sacado el cocinero mayor esa alhaja?