—Cuenta con que las perlas no sean cera, el oro cobre y los diamantes vidrio blanco.
—Ya está visto esto, y apreciada la alhaja: vale mil doblones.
—¡Mil doblones!
—No podía ser menos un regalo de rey.
—¿Pero dónde te ha visto su majestad?
—Eso mismo pregunté yo á Montiño: ¿dónde me ha visto su majestad?
—¿Y qué te respondió?
—Que no lo sabía.
—¡Que no lo sabía! pero cuéntame desde el principio.
—Anoche, ya tarde, llamaron á la puerta. Yo creí que sería el duque de Uceda, y mandé á Casilda que abriese. Poco después oí abajo un altercado: era Casilda que disputaba con un hombre que á todo trance quería entrar, que decía tenerme que decir cosas graves, y que al fin dijo era el cocinero mayor del rey. Como nuestros asuntos están ahora por las cocinas, sentí yo no sé qué terror, yo no sé qué cuidado, y mandé á Casilda que dejase subir al cocinero del rey. Cuando le vi (yo no le conocía) me espanté. Venía pálido, desencajado, desgreñados los escasos cabellos, y la primera palabra que me dijo, fué: