—Desde hace veinticuatro horas, no me suceden más que desgracias.
Estas palabras no eran las más á propósito para tranquilizarme, y le rogué que se sentara y se explicase.
—Tras las desgracias que me suceden—me dijo—, hubiera sido la última la de no poder veros.
—Tranquilizáos, y decidme después por qué hubiera sido una desgracia para vos el no haberme visto.
—Porque una persona muy principal á quien temo mucho, me ha encargado que os vea.
—¿A mí? ¿para qué?
—Para que os dé de su parte, en prenda de la mucha estima en que os tiene, esta alhaja.
Y me dió esa gargantilla.
—Yo no puedo aceptar un regalo—le dije—de una persona á quien no conozco.
—Podéis estar segura de que es muy principal.