—Ya hablaremos de eso. Sentáos aquí, junto al fuego, que hace frío, y si tenéis apetito pediré de almorzar.

—No; no, señor, he almorzado ya, y por cierto con buen apetito... y si no me encuentro al tío Manolillo que me animó...

—¡Ah! ¿habéis almorzado con el tío Manolillo?

—Sí; sí, señor... el tío Manolillo iba que centelleaba tras la comedianta, tras la Dorotea... que iba con el sargento mayor don Juan de Guzmán y se metió con ella en casa de doña Ana de Acuña.

El cocinero mayor, fuese por temperamento, fuese por debilidad, fuese por cálculo, vomitaba todo lo que sabía.

—¡Ah!—dijo el padre Aliaga, cuya fisonomía había vuelto á ser impenetrable y benévola—¿conque esa comedianta entró con el sargento mayor en casa de doña Ana?

—Sí, señor.

-¿Y el tío Manolillo?

—Se entró conmigo en una taberna de enfrente, donde almorzamos.

—¿Y luego?