—A la media noche.

—A la media noche.

Tras esto, Djeouar por donde habia entrado, y Noemi por la parte opuesta, abandonaron el retrete.

III.

Llegó la noche oscura y silenciosa; el lago Dembea dormia bajo su pabellon de sombra; de vez en cuando un relámpago rasgaba las tinieblas, y una caliente ráfaga iba á perderse murmurando en las quebraduras de las rocas. La ciudad y el castillo, en los cuales relumbraban algunas luces, se destacaban negros en la sombra, como un gigante de cien ojos de fuego destinado á velar sobre la naturaleza dormida.

Era cerca de la media noche: en la parte oriental del lago, en el fondo de una quebradura, situada entre dos montes, donde penetraban las aguas formando un estrecho canal, habia un hombre que llevaba en la mano una antorcha, y buscaba al parecer un lugar determinado en el reducido terreno que existia entre las aguas y la cortadura de la montaña: saltó por cima de una pequeña cerca casi arruinada, en cuyo interior crecia el espino silvestre en torno de un ciprés seco, y entró al fin en una cabaña, que por su estado indicaba un remoto abandono; clavó la antorcha en el suelo, y sentóse sobre los escombros.

Este hombre era Djeouar; pero Djeouar con su deformidad, con su miseria y su cofre de juglar. Su semblante revelaba con más fuerza que nunca las pasiones de su espíritu, y enrojecido por la luz de la antorcha, se semejaba al de un espíritu condenado. Su mirada estaba tenazmente fija en un ángulo de la cabaña sobre una pequeña prominencia cubierta de un musgo verdinegro y húmedo.

—Allí fué, murmuró el juglar; si yo me atreviese...

Un movimiento inequívoco de terror corrió por el cuerpo del juglar, motivado por el objeto que reflejaba en su pensamiento.

—Sí, es preciso, continuó; va á venir, y yo quiero oir la resolucion de su suerte de la boca de mi padre.