Tras esto, abrió el cofre y tomó de dentro de él la calavera mágica.

—¡Oh tú! dijo mirando siempre á la prominencia; ¡oh tú, que has dormido treinta años bajo el musgo de tu fosa, surge de ella como el dia en que entraste en este fatal recinto!

Apenas pronunciadas estas palabras, la tierra se rasgó en la parte donde el juglar fijaba su mirada, dejó descubierta una huesa, y del fondo de ella se levantó un hombre.

Era un jóven árabe; su traje revelaba á un jefe de tribu, y su blanco alquicel estaba manchado de sangre sobre el costado izquierdo; sus feroces ojos grises, de una movilidad extraordinaria, recorrieron en un momento el espacio abierto ante ellos, y se elevó su voz gutural, lenta y sombría entre el silencio que dominaba cerca y léjos.

—¿Quién trae á mi hijo, exclamó, hasta la tumba de su padre? ¿Por qué emplaza aquí á su enemigo en medio de la noche?

Djeouar se prosternó.

—La sangre pide sangre, contestó temblando el juglar, y la tuya reclama la de Aben-Sal-Chem.

—¡La venganza! exclamó el árabe: ¡siempre la venganza en el corazon del hombre! ¡Siempre la que se llama justicia humana pretendiendo anteponerse á la justicia de Dios! ¡Lo que está escrito se cumplirá, y el dia que ha de venir sólo Dios lo sabe!

—¡La venganza! exclamó Djeouar levantándose y encarándose á su padre; ¡sí, la venganza! Nuestros enemigos los fuertes y los poderosos cortan nuestra carne á su placer, y encarcelan nuestro espíritu á su antojo. Siervos somos de ellos, y en vano es pedir á ese Dios justicia y amparo. Rebaño sin pastor son los débiles en quien se ceba el tigre y cuya sangre bebe. ¡Venganza, sí, contra ellos, los que han vertido la sangre de nuestro padre y deshonrado á nuestra madre; los que nos han lanzado pequeñuelos y sin amparo al hambre y á la desnudez despues de haberse hartado y abrigado con nuestro pan y nuestra túnica! ¡Venganza, sí, contra Aben-Sal-Chem! porque yo soy Djeouar, tu hijo, el mendigo abandonado por Dios y protegido por Satanás.

El árabe miró severamente á Djeouar que, pasado el primer impulso de terror, sostuvo con insolencia la mirada de su padre.