—¡Hijo mio! exclamó este con amargura. ¡Es verdad que eres mi hijo, como es verdad que la desgracia y el crímen han pesado sobre mí! ¡Hijo mio, tú! ¡Sí; la justicia de Dios es incomprensible; yo habia sido ambicioso y cruel, y me castigó haciendo que tú nacieras de mí! Me castigó, entregando á mi esposa, dulce tímida paloma, en las manos de mi enemigo. Y bien; ¿qué quieres de mí, tú que te nombras mi hijo, y vienes á turbar el sueño de tu padre en su huesa de expiacion?

—Quiero derramar sobre ella la sangre de tu asesino.

—...Porque mi asesino posee una mujer hermosa á quien amas, le interrumpió con severidad el árabe; porque mi asesino te ha perseguido y te ha encarcelado, porque le aborreces, y quieres engañarte á tí propio creyendo un acto de justicia, lo que no es más que un crímen, al que unes el sacrilegio. Vuélveme á mi reposo; tu vista me estremece, y estos momentos de vida son más terribles para mí, que esa fosa fria y húmeda lo ha sido durante treinta años.

—¡Oh! ¿no quieres su sangre? pues bien, la tendrás; él perecerá aquí, y ella será mi esclava. Tienes razon, ¿qué me importas tú, ni el universo, ni los siete cielos de Dios, sin Noemi? Quiero que sea mia y lo será.

—Te engañas, miserable impío, gritó el árabe; te engañas, porque Dios no permitirá que la impureza una al hermano con la hermana... porque Noemi es la hermana de Djeouar.

El juglar lanzó una insolente carcajada.

—¡Lo sabes! es verdad, continuó el árabe; ese talisman que te ha prestado el infierno, te permite leer en el presente y el pasado; pero no leas en el porvenir... porque yo te maldigo, Djeouar, y el porvenir de los hijos malditos por su padre, es la muerte y la condenacion.

En aquel momento oyó Djeouar un ruido semejante al de una barca que choca en tierra. Animáronse sus mejillas con un fuego febril, tocó la calavera, murmuró un conjuro, y el árabe se hundió en la fosa que se cerró sobre el. Al punto un hombre, atraido por el resplandor de la antorcha, penetraba en las ruinas.

Djeouar se colocó de manera que la sombra ocultase su semblante, y se envolvió en su alquicel; el hombre que llegaba se adelantó, y la luz de la antorcha reflejó en su rostro.

Era el wisir.