—¿Estás ahí, príncipe Aben Charyarh? dijo, dirigiéndose al juglar, con un acento en cuya convulsion se mostraba el terror de su espíritu.

—Sí, contestó Djeouar, y á la verdad no te esperaba. ¡Amas demasiado á Noemi!

El acento de Djeouar era sombrío, el terror de Aben-Sal-Chem se colmó.

—¡Lo sabes! Aquí en este sitio, exclamó el wisir, le ví ante mí... estaba desarmado... se habia roto su espada luchando con los mios... tras él se agrupaban llorosos una mujer hermosa y dos niños, y el anciano emir parecia dispuesto á vender cara su vida...

—Todo lo sé, contestó con acento solemnemente marcado Djeouar; el emir sólo te dijo: «He huido por ellos», y te señaló sus hijos y su esposa.

El juglar se detuvo para observar el rostro del wisir; estaba cadavérico, sus dientes se entrechocaban y le dominaba un temblor convulsivo.

El implacable juglar, continuó:

—El emir era valiente; la mitad de su espada le hubiera bastado para cerrar tus ojos á la luz; pero tus soldados aparecieron, y una saeta se clavó en el costado izquierdo de tu enemigo. Todo acabó; la muerte fué con él.

Hubo otro intervalo de silencio más solemne que el primero.