—Mucho debes amar á Noemi, continuó el juglar, cuando arrostras por su amor tan terribles recuerdos.
—¡Si la amo! exclamó el wisir. Ella es la hurí que Dios me ha concedido, apiadado quizá de mis remordimientos, y si me engañase, su sangre caeria aquí, aunque Eblis tendiese ante ella sus alas para estorbarlo.
—Pues bien, Aben-Sal-Chem, esa mujer no te ama.
Una exclamacion, semejante á un grito arrancado por un dolor agudo, rebosó del fondo del alma del wisir.
—Esa mujer, continuó Djeouar, vendrá aquí esta noche en busca de un amante.
—¡Mientes! gritó furioso el wisir.
—Y ese amante, soy yo. Añadió Djeouar descubriéndose y colocándose de modo, que la luz de la antorcha hirió de lleno su semblante.
—¡El juglar! gritó Aben-Sal-Chem, á quien el estupor hizo retroceder aterrado:
—Sí, el juglar, contestó Djeouar adelantando lentamente y asiendo con su crispada mano un brazo de su enemigo. ¡El juglar que se venga! ¡Has colocado para mí una escarpia en las puertas de Dembea! ¡Bien, servirá para tí! ¿lo entiendes? ¡Y aquí, donde tú robaste la vida y la esposa al emir, te arrancará la vida y la esposa su hijo el juglar! ¡Porque yo soy hijo del emir de Egipto Abu-Djeouar.