—¡Hijo del emir! murmuró Aben-Sal-Chem fijando una mirada insensata en el juglar. ¡Hermano de Noemi!

—Sí, su hermano y su amante; pero ella no sabe que soy su hermano, porque tú que lo sabes vas á morir.

—No; es imposible, ella no vendrá, exclamó Aben-Sal-Chem contentando á su pensamiento dominante; ella me ama, y te desprecia. ¡Mientes, no vendrá!

Djeouar llevó entonces al wisir á la orilla del lago.

—¡Que no vendrá! dijo cuando hubieron llegado; pues bien, escucha: ¿No te parece que en medio del silencio se levanta en el lago ruido de remos, y que á pesar de la niebla se ve una luz opaca que avanza hácia aquí?

En efecto, se oia el ruido y se veia la luz; los ojos y los oídos de Aben-Sal-Chem devoraban la niebla y el silencio.

Muy pronto no pudo dudarse que una barca se dirigia á la ensenada. La guiaba un solo remero, y una antorcha clavada en su proa dejaba ver que conducia á una mujer. Aben-Sal-Chem reconoció á Noemi, dió un grito salvaje y quiso desasirse de Djeouar, pero este le sujetó, como le hubiera contenido una cadena de bronce; entonces el wisir quiso desnudar su puñal, pero se anticipó el juglar y le desarmó.

—¡Miserable asesino! exclamó luchando con la fuerza de la desesperacion, aunque inútilmente el wisir.

Djeouar no contestó; con una fuerza, que no era de esperar en él, contrahecho y envejecido por los sufrimientos, arrojó por tierra al wisir, le puso una rodilla sobre el pecho, y levantó lentamente el puñal de Aben-Sal-Chem, que cerró los ojos resignado á morir.

Pero fuese que el recuerdo de la maldicion de su padre le aterrase; fuese un sentimiento de crueldad el que le impeliese á respetar la existencia de su enemigo, bajó el puñal con la misma lentitud que lo habia levantado, y murmuró al oído de Aben-Sal-Chem estas terribles palabras: