—No, no sueñas, dijo el juglar, presintiendo el pensamiento de la jóven; yo he creido tambien soñar, y estoy despierto como tú; nuestro destino está enlazado, y lo que está escrito se cumplirá.

—¿Pero qué está escrito? murmuró con espanto la hermosa.

—¿Acaso anida la golondrina en otra palmera que en aquella donde debe anidar? ¿Acaso el hombre puede evitar el empeñarse en la senda á donde le arroja su destino? No. Destino mio era amarte; te ví un dia en las márgenes del lago, y te amé; destino mio era llegar hasta tí; esperé la noche, y á favor de la sombra escalé los muros de los jardines, y te ví... ¡Oh! me desdeñaste con horror, huíste de mí aterrada, como hubieras huido de un horrible reptil; sin embargo, volví otra vez, y fuí más desgraciado que la primera; me ví encerrado en una mazmorra, sentenciado á morir, y mi cabeza fué destinada á ocupar una escarpia en las puertas de la ciudad; pero cuando ya sentia los pasos del verdugo, cuando el frio de la muerte corria por la médula de mis huesos, los hierros que me aprisionaban se rompieron, una mano invisible abrió mi prision y me encontré libre en el campo, sobre un camino solitario alumbrado por la hermosa luz de la luna; me protegia un poder superior, y con él he vuelto, no como antes, deforme y miserable, sino hermoso, rico y lleno de poder; si me hubieras amado, mujer ¡cuántas lágrimas hubieras evitado á tus ojos! ¡cuánta felicidad hubieras debido á tu destino!

—Pues bien, sea como quiera, contestó Noemi, levantándose con dignidad y echando atrás con un movimiento de su hermosa cabeza su profusa cabellera; sea como quiera acepto mi destino: el Señor fuerte, el sábio entre los sábios, el justo entre los justos, ha puesto á prueba mi corazon. Antes de verte hoy, amaba á mi esposo, amaba á mis flores, amaba la luz que se desprende de ese cielo purísimo y el hermoso sol que reverbera en su inmensidad; pero mi amor era tranquilo, y el odio no habia penetrado en mi alma; desde que estás hoy á mi lado, mi alma ha cambiado enteramente; me devora un amor solo, inmenso, abrasador, y con él un odio sin fin, sin perdon, y por tí y para tí son ese amor y ese odio; amémonos y aborrezcámonos. Cúmplase nuestro destino.

—¿Y por qué no amarnos siempre? murmuró el juglar posando una ardiente mirada en Noemi.

—¡Amarnos! contestó esta con un acento que parecia inspirado y con los ojos llenos de lágrimas; muchas veces, sentada en aquel ajimez, he visto trasmontar el sol los horizontes entre ráfagas de sangre, y me ha estremecido un vago presentimiento; muchas veces desde ese mismo lugar, he mirado la luna opaca y sombría reflejando sobre mi frente, y las oscuras nubes que han pasado delante de ella, me han parecido horribles visiones que me lanzaban desde la inmensidad miradas de amenaza; he escuchado palabras de maldicion entre los bramidos del viento de la tempestad, y arropada en el fugitivo manto del relámpago, he visto cien veces una frente hermosa y amenazadora semejante á la tuya; y yo he amado y he aborrecido esos terrores como te amo y te aborrezco.

En aquel momento la radiante faz de Noemi tenia mucho de semejante á la de Djeouar, ambos á dos eran más que mortales; habia algo más allá de la vida retratado en sus miradas; sus pasiones al par eran más violentas que las de los hombres. Entrambos se comprendieron, entrambos se respetaron.

Pasó un momento de silencio solemne. Al fin le rompió Djeouar.

—Aquí se encierra un misterio, dijo, que no alcanzo á comprender; esta noche es preciso que vayas allí, añadió señalando un punto del lago á Noemi, y que era el mismo lugar que habia indicado á Aben-Sal-Chem.

—Iré, contestó Noemi.