Los esclavos etíopes quisieron proteger la huida de su señor, y se lanzaron con las lanzas tendidas y las adargas al pecho sobre los árabes, que aún no habian avanzado de la garganta de la montaña.

Aquel espectáculo era horrible. En el centro del valle las esclavas del harem, abandonadas por los etíopes, huian á ocultarse en la selva vecina, lanzando agudos gritos; por la parte oriental del lago se veia corriendo sin rienda un valiente caballo negro, cubierto el cuerpo de espumoso sudor, y los ijares de sangre. Sobre él llevaba sus dos hijos el emir, rugiente y sombrío, á cuya cintura se asia Sayaradur, desmelenada, pálida, fijando una mirada colérica en la parte occidental, donde con el valor de la desesperacion se batian los leales etíopes con las gentes de Kelb-namir; y sobre todo esto un sol abrasador, una atmósfera inflamada, y en ella una banda de buitres, cerniéndose sobre el combate, llamados por el olor de la sangre que ya regaba el suelo.

Pero de en medio de los que lidiaban se adelantó un jinete, seguido por algunos más, y atravesó el valle á toda carrera: el caballo del emir habia caido muerto de fatiga, y él con sus hijos y Sayaradur habia entrado en el terreno que rodea el vallado que guarda esta cabaña; imposible era pasar adelante; por una parte estaba el lago, por otra la cortadura de la montaña, y la que restaba era el camino del valle por donde avanzaba Aben-Sal-Chem.

El mirab estaba cerrado; el emir llamó á su puerta, y nadie contestó; entonces entró en la cabaña sin sospechar que aquel era el asilo del hombre que le habia vendido á su enemigo.

Desde allí vió á Dembea; en las almenas se veian algunas atalayas mirando al lugar del combate; sus huestes salian de la ciudad en su socorro, y tornó su valor con su esperanza. Una hora bastaba á su ejército para llegar á él; un momento á Aben-Sal-Chem para dar cima á su traicion.

Un grito feroz del emir indicó á Sayaradur que la lucha tocaba á su término; el emir se batia cuerpo á cuerpo con Aben-Sal-Chem y los árabes que le habian seguido; rota su espada, herido y fatigado, se retiró á la cabaña, siempre dando frente á los asesinos; Aben-Sal-Chem fué el primero que entró.

Sayaradur se colocó entre él y el emir; los dos niños lloraban sin comprender nada de lo que sucedia.

—Eres un cobarde: dijo Aben-Sal-Chem á Abu-Djeouar; has huido.

—He huido por ellos, contestó con dignidad el emir, señalando á su esposa y á sus hijos; y se lanzó sobre el árabe traidor, á tiempo que una saeta disparada por los que entraban arrojó por tierra sin vida al valiente emir.