VII.
Djeouar se detuvo para observar la impresion que producia en Noemi el relato de aquella historia: estaba pálida, aterrada; sus ojos arrojaban una mirada medrosa en los del juglar, dos lágrimas surcaban sus blancas mejillas.
Djeouar continuó:
—Sayaradur habia caido sin sentido, al ver correr la sangre del emir, y cuando tornó en sí se encontró en el alcázar de Dembea sobre su mismo lecho, y creyó que todo lo que habia visto era un sueño horroroso. Pero pronto la realidad se presentó ante ella. Kelb-namir entró y con él Aben-Sal-Chem. Su esposo habia muerto; sus hijos habian sido abandonados, y sus enemigos se habian apoderado de Dembea. Sayaradur tornaba á ser esclava.
—¿Y mi padre?... preguntó Noemi.
—¡Tu padre!... murmuró con espanto Djeouar.
—El emir... ¿qué fué del emir? repuso Noemi.
—Hace treinta años que murió Abu-Djeouar, contestó con acento solemne el juglar, y tú sólo cuentas doce.
—¡Oh! es verdad, exclamó Noemi; el emir no pudo ser mi padre; á no ser que...
Una idea supersticiosa cruzó por la mente de la niña. Djeouar leyó en su pensamiento.