—No, la dijo; el mismo dia en que el valle y la cabaña se habian teñido de sangre, el morabhita que habitaba el mirab, volvió de la montaña, donde habia ido á buscar sus frugales provisiones; vió la tierra cubierta de cadáveres, mientras que algunos buitres volaban hácia la cabaña y el mirab; llegó á la primera y encontró en ella el cadáver del emir y sus hijos, el uno de dos años y el otro de uno, que lloraban desamparados; sepultó el cadáver; tomó los niños, los entregó á una nodriza á quien contó su historia para que se la refiriese más adelante, y se tornó á su mirab... Tu padre, Noemi... es Muza Kelb-namir.
—¡El asesino del esposo de mi madre!
—Sí; pero tu madre no fué culpable. Año tras año pasaron diez y ocho, sin que un solo dia Kelb-namir dejase de arrastrar su amor á las plantas de Sayaradur; diez y ocho años dia por dia, la encontró inexorable y más hermosa, y á medida que pasaban añadian más fuerza al fuego del amor del árabe, más y más odio al corazon de la esclava.
Una noche Kelb-namir velaba y se entregaba á toda la desesperacion hija de su amor insensato. Terribles pensamientos le dominaban, la rabia devoraba su corazon.
La lámpara se habia apagado; por los abiertos ajimeces penetraba frio y ruidoso el viento de la tempestad; Kelb-namir se revolvia sobre la piel de tigre de su lecho.
En medio de su insomnio creyó oir el ruido de un vuelo pausado á poca distancia de su cabeza; el vuelo se cruzaba en todas direcciones; pasaba, volvia á pasar, se perdia y se agitaba por intervalos cada vez más cercano. Al fin sintió unas alas sutiles y frias que azotaban su rostro, y oyó una voz dulcísima que murmuró en su oído:
—Una noche de placer con Sayaradur, por tu eternidad conmigo.
Kelb-namir saltó del lecho despavorido al escuchar aquella voz sobrenatural, y se lanzó al ajimez á respirar el aire de la tormenta. La noche estaba oscurísima; por delante de sus ojos veia pasar en aquel cielo encapotado, cuatro sombras informes que se cernian en los aires, y pasaban y volvian á pasar, y se alejaban y tornaban á acercarse.
Eran cuatro murciélagos enormes; cuatro vampiros.
Y allí tambien, perdida en la oscuridad, arrastrada entre las ráfagas de la tormenta, tornó á resonar la voz misteriosa; otra vez oyó Kelb-namir las incitantes y terribles palabras: