—Una noche de placer con Sayaradur, por tu eternidad conmigo.

—¡Luces! ¡luces! gritó Kelb-namir, retrocediendo helado de espanto hasta el centro de su retrete.

Y despertó á sus esclavos, y llamó á sus guardas, que llegaron en tropel junto á Kelb-namir, con las picas en ristre, cual si los enemigos hubiesen penetrado en Dembea.

Kelb-namir recorrió su retrete, su alhamí, su alcázar, desde los alminares hasta los jardines. Las puertas estaban cerradas y los atalayas despiertos; ninguno habia visto la mujer que buscaba su señor.

Tal vez habia sido el sueño apenador de una tormentosa noche de estío.

Kelb-namir alejó á sus guardas y á sus esclavos, volvió á su retrete, cerró las puertas y los ajimeces, y calenturiento, desvelado, buscó el libro de sus poemas, se acercó á la lámpara y leyó.

Pero en vano quiso alejar de sí aquella medrosa vision; en lo más alto de la cúpula resonó de nuevo el vuelo de los vampiros que descendieron en una larga espiral, batieron las alas en derredor de la lámpara hasta apagarla, y otra vez dijo en el oído de Kelb-namir, la voz lánguida é incitante:

—Una noche de placer con Sayaradur, por tu eternidad conmigo.

No era sueño, era una realidad aterradora; los espíritus invisibles volaban en torno de Kelb-namir, á quien lo intenso de su terror dió fuerzas.

—¿Quién eres tú, dijo, que entre las tinieblas llegas á incitarme? ¡Espíritu ó materia, arcángel ó demonio, déjate ver ante mí!