Era aquello un letargo tranquilo, rico de sensaciones, profundo como la muerte. Aquella mujer extraña estrechó con su brazo siniestro el cuerpo inerte de Kelb-namir, y sacando de entre sus ropas un agudo puñal de oro, le hirió en el cuello, aplicó sus labios á la herida, y devoró la sangre del árabe. El pacto estaba terminado, y Kelb-namir despertó.
Era otro hombre, sentíase con una actividad y una fuerza extremas; su inteligencia se habia desarrollado maravillosamente; su amor á Sayaradur habia crecido; su alma se quemaba en él.
—Una noche con Sayaradur, murmuró, volviéndose á la hada.
Esta le asió de una mano y le condujo hasta la puerta del retrete de la esclava, levantó el tapiz, y lanzó dentro á Kelb-namir que adelantó lentamente.
Sayaradur dormia y soñaba; creia ver á su esposo como veinte años antes el dia que habia entrado triunfante en Dembea; sentia sobre sus frescas mejillas coloradas por el rubor, el roce ardiente de los labios del emir; sentia sus manos apoyándose en sus hombros desnudos, y despertó; sus ojos se abrieron; no soñaba, y sin embargo tenia ante sí el semblante de su esposo; sus manos se apoyaban en sus hombros, su boca, trémula de amor, se posaba en su boca.
No era un sueño, no. Sayaradur estaba en los brazos de su esposo; dió un grito de alegría, inclinó la cabeza sobre el pecho de aquella hermosa aparicion y se desmayó.
Entonces la hada volvió á tomar las formas de vampiro, entró en el retrete, revoloteó alrededor de la lámpara y la apagó.
Sayaradur dormia entre los brazos de Kelb-namir, á quien el poder de la hada habia revestido con las formas del emir Abu-Djeouar.