El sol penetró al dia siguiente á través de las gasas que cubrian los ajimeces, y Sayaradur despertó sonriendo de amor y de felicidad. Pero al arrojar una mirada al hombre que juzgaba su esposo, su corazon se heló, y lanzó un grito desgarrador. Kelb-namir, vuelto á su propia figura, dormia junto á ella.

Todo su odio, toda su repugnancia, se revelaron contra el árabe, comprendió que habia sido engañada por una fascinacion mágica, y en su furor arrancó su puñal á Kelb-namir, y le hirió tres veces en el pecho. El árabe se estremeció en las convulsiones de la agonía, abrió un momento sus ojos á la luz, y los cerró para siempre, sin que de ninguna de las tres heridas manase una sola gota de sangre.

Sayaradur le contempló aterrada; comprendió que la muerte era el porvenir que la esperaba despues de haber asesinado á su señor; tuvo miedo, le cubrió con las ropas del lecho, y huyó del retrete.

Pero las puertas y los muros del alcázar estaban guardados; do quiera encontraba un etíope feroz ó un silencioso eunuco; triste y aterrada volvió á su retrete y se encerró en él.

Por un impulso involuntario de temor y de odio, levantó las ropas de su lecho; Kelb-namir habia desaparecido; ni una señal, ni un rastro quedaban del asesinato del árabe.

Oyéronse entonces en el alcázar gritos de dolor; Aben-Sal-Chem, al frente de la guardia etíope, entraba en el retrete de Kelb-namir, donde sus esclavos le habian encontrado muerto; ni una herida, ni un golpe hallaron en su cuerpo; el veneno no habia dejado tampoco en él señales de su paso.

Como heredero de Kelb-namir, Aben-Sal-Chem ocupó su lugar en Dembea. Aquella tarde, al ponerse el sol, el árabe fué sepultado junto al lago, á la sombra de una acacia, con el rostro vuelto al Oriente.

Tendió la noche su sombra en el espacio, y la tormenta se cernió sobre Dembea. Entonces, á la luz de los relámpagos, aparecieron cuatro vampiros sobre la sepultura de Kelb-namir, le sacaron de ella, y asiéndole por los extremos de la túnica, se hundieron con él en el lago.

La hada, despues de haber dado una noche de amor al árabe, le arrastraba consigo á la eternidad.

IX.