—¿Y dónde está? preguntó con interés Noemi.
—No lo sé, contestó el juglar; tal vez le ha exterminado la justicia de Dios. Tu hermano mayor, Djeouar, murió hace un año, el mismo dia en que yo te ví en las márgenes del lago.
—¿Y quién te ha contado esa funesta historia? le preguntó Noemi, fijando en él una mirada escudriñadora.
Djeouar la sostuvo sin inmutarse, y refirió á Noemi la manera como habia llegado á sus manos la calavera mágica. Despues continuó:
—Yo te amo, Noemi: contigo podria ser aún honrado y virtuoso; tu amor me salvaria. Aben-Sal-Chem ha perecido; mi poder es inmenso; si quieres ser sultana, tuyas serán cuantas arenas y cuantas aguas alumbra el sol en las regiones y en los mares del Oriente; te he traido aquí para revelarte tu pasado, en este mismo sitio donde se ha vertido la sangre del esposo de tu madre, y donde ella misma está sepultada. Quiero que me ames, y me amarás.
—¿Acaso no te amo? dijo Noemi levantándose pálida y conmovida. ¿Acaso no eres tú el hombre que yo he visto en mis sueños? ¿No está unido mi destino á tu destino?
—Pues bien, exclamó Djeouar acercándose á la jóven, unamos nuestro amor, embriaguémonos en él; olvidemos nuestro pasado y hagamos que nos envidien los arcángeles de Dios.
—¡Aparta! gritó con terror Noemi, no me toques; hay entre los dos un abismo que nos separa, no sé por qué, pero jamás seré tu esposa.
—Pues bien, serás mi esclava.
—¡Tu esclava yo!... Y bien, podrás matarme y.... nada más.