—¿Con que nunca serás mia? gritó rechinando los dientes el juglar.

—Nunca, exclamó Noemi aterrada.

—¡Zim-Zam! exclamó colérico Djeouar.

El genio apareció.

—Abre camino á mi alcázar, y conduce á él esta mujer.

El genio tomó en sus brazos á Noemi, extendió su alquicel sobre las aguas, sentóse en él al par que Djeouar, y aquellos tres séres se hundieron lentamente en el lago.

A medida que descendian, las tinieblas se disipaban; destellos sin cuento de brillantes colores, reverberaban ante los ojos, produciendo una luz dulce y diáfana; hadas cubiertas con velos de cristal nadaban en torno del alquicel del genio, y en el fondo del lago se levantaba un palacio maravilloso, labrado con esmeraldas y topacios. Djeouar entró, depositó en el más magnífico de sus retretes á Noemi, y dijo al genio:

—Tú la guardarás; que el sueño pese sobre sus párpados en mi ausencia, y que sólo despierte cuando sea mi voluntad; ahora un ejército y un tesoro en Dembea.

Los deseos del juglar se vieron satisfechos apenas concebidos. Encontróse con una lucida hueste junto á Dembea, cuando el alba aparecia en el horizonte, y se hizo abrir las puertas.

—Creyentes: dijo á la multitud que le rodeaba atraida por el fausto de su comitiva; yo soy hijo del emir Abu-Djeouar-al-Seifu-l'-Islam-Al-muweiyid-Billah asesinado hace treinta años por el wisir Aben-Sal-Chem. Yo he muerto al asesino, y vengo á sentarme entre vosotros en el alcázar de mi padre.