Cuatro hermosas doncellas aparecieron en vez de los murciélagos.

Eran Betsabé, Djeidah, Zahra y Obeidah.

Un grito de admiracion del juglar, hizo reir á las cuatro hadas. Para ellas era inútil el prestigio que el talisman daba al juglar; le veian tal cual era en realidad; miserable, envejecido, encorvado, con su mugriento alquicel, su arquilla y sus cubiletes.

—Mirad qué lindo mochuelo, hermanas mias, dijo Obeidah sin curarse del furor que subia del corazon á los ojos de Djeouar.

—No, es un camello humano, dijo Zahra.

—El demonio en figura de jorobado, añadió Djeidah.

—Pues bien, ese hombre nos ama, dijo Betsabé, y cree engañarnos con la apariencia que le ha prestado el poder del cráneo de nuestro padre. Alegrémonos, hermanas mias; se acerca el momento de nuestra libertad. Matemos á este hombre, y apoderémonos de su talisman.

Djeouar se vió acometido por aquellas cuatro hermosísimas criaturas, pero tuvo tiempo de contenerlas con el mismo poder que las habia evocado. Su cólera habia crecido hasta el colmo; y si hubiera obedecido el talisman á su deseo, las hubiera exterminado.

Pero por primera vez su voluntad tuvo que doblegarse á lo escrito por el destino; el libro del porvenir se abrió ante él por un pasaje fatídico y siniestro. Djeouar leyó convulso aquella terrible escritura:

«En las tierras de Occidente, decia, hay un monte dominando á un pueblo; en la parte oriental del monte hay un abismo, y sobre aquel abismo se elevará una torre: hijos del Islam acrecerán el pueblo, y un nieto de reyes elevará un castillo sobre la colina y sobre el abismo. Así está escrito; y tú, juglar, y vosotras hadas condenadas, dormireis en su oscuridad, y dormirán con vosotras los que fueren vuestros amantes. Pero si lograis fascinar al hombre que ha de edificar el castillo; si lograis exterminarlo antes que ponga pensamiento ó mano sobre él, volvereis á vuestros alcázares del aire y á vuestros jardines de los lagos.»