—«Serás poderoso hasta el punto de crear séres á tu antojo; pero guárdate bien de hacerlo, porque perderás tu poder y serás como los demás hombres.»
A pesar de esto, Djeouar quiso asemejarse al Espíritu Inmenso, al Criador, al Dios que ha dado vida y luz á cuanto es sobre la tierra, y cuanto guarda el mar, y cuanto el aire baña; quiso crear una mujer, hermosa como la que acompañó al primer hombre en el Paraíso.
La evocó y la vió; pero como se ve un relámpago, ó una aparicion, ó una ráfaga que pasa entre las nubes; la mujer surgió de la nada, hermosa, con todos los incentivos de la pureza y del amor; pero al par Djeouar se encontró de repente al pié de la palmera donde habia descansado en la confluencia del Nilo y del Bahr-el-Azrak.
¿Habia sido aquello una vision? ¿Habia dormido el semoum en el fondo del golfo Pérsico, y el mago, y la calavera, y Dembea, y Noemi, y Aben-Sal-Chem, no habian sido más que fantasmas de un ensueño sombrío?
No: todo era verdad, porque junto á él, sujeta á su cadena de oro, cubriéndose con su velo, estaba Betsabé, la hada de los sueños impuros y de los amores insensatos.
—No, no sueñas, dijo la hada leyendo en el pensamiento de Djeouar; cuanto has visto es verdad; pero esa verdad sólo existe para nosotros; porque Aben-Sal-Chem y Noemi; cuantos en Dembea te han conocido y respetado, libres por tu imprudente ambicion del encanto que pesaba sobre ellos, abrirán los ojos á la luz de esta alborada, y creerán cuanto ha sucedido un sueño que olvidarán al fin. En Dembea todo es paz; la escarpia destinada para tu cabeza aún está sobre la puerta; pero ve: el wisir al olvidar su encanto te ha olvidado tambien. Ahora soy una mortal como tú, y tengo necesidades como tú. Vamos á la ciudad, yo tocaré la guzla y bailaré, y tú seguirás tu profesion de juglar. Vamos.
Y Betsabé se levantó. Djeouar la siguió lentamente, y al trasmontar el sol de aquel dia, llegaron á Dembea.
La escarpia estaba sobre la puerta. La paz más profunda reinaba en las calles, los mercaderes cerraban sus tiendas, y los habitantes se dirigian á sus moradas. Algunos curiosos se agrupaban alrededor de Betsabé y del juglar, que la seguia asiendo la cadena de oro, miserable, viejo y cansado con su arquilla á la espalda.
Aquellos dos séres formaban un maravilloso contraste; ella deslumbrante de hermosura y de riqueza, con sus negros y brilladores cabellos entrelazados de perlas, su túnica de púrpura, sus sandalias aljofaradas, sus ajorcas de oro y diamantes y su guzla de marfil, en la que tañia lánguidos cantares; él horrible, hediondo, rebozado en un mugriento alquicel, y cubierta la cabeza con una toca desgarrada; y así, por medio del pueblo, sufriendo los sarcasmos y los insultos más groseros, llegaron al bazar de las esclavas.
Creyó la multitud que Betsabé se ponia de venta, y los más ricos se adelantaron; pero con admiracion de todos, el juglar y la esclava se detuvieron en el atrio del bazar.