—Saca la alfombra que hallarás en tu cofre, dijo Betsabé á Djeouar.

El juglar abrió el cofre, y dentro de él encontró dos objetos que le llenaron de admiracion; uno era el alquicel de Zim-Zam y otro la calavera del mago.

—Yo no veo esa alfombra, dijo Djeouar.

Betsabé tomó el que habia servido de alquicel al genio; era una finísima tela de seda azul de grandes dimensiones, de forma cuadrada y cubierta de signos mágicos, escritos con oro. Extendióla, hizo sentar en un ángulo de ella al juglar, y alzándose aérea y gentil en su centro, empezó una danza llena de encantos y voluptuosidad, uniendo al lánguido son de la guzla su voz dulce y sonora en un canto dulcísimo.

Pronto la multitud rodeó la alfombra; la danza y el canto de la esclava crecian en rapidez y en armonía; la cadena de oro agitándose asida á su lindísimo pié, completaba aquel acompañamiento fantástico, al entrechocarse sus eslabones que producian un sonido acompasado, vibrante y sonoro. Los cabellos de la hada se destrenzaron, formando una negra y flotante aureola en torno de su hermosísimo semblante.

Cuando cesó la danza y la jóven se sentó fatigada en el centro de la alfombra, mientras con la más descuidada languidez componia sus cabellos y reparaba el desórden de su túnica, cayeron sobre su regazo y sobre la alfombra monedas de oro, de plata y de cobre; cada uno de los espectadores vació su bolsa, y cuando Betsabé, indiferente siempre, reunió el dinero, encontró una enorme cantidad en oro, que guardó en el cofre, y con un desden propio de una sultana, arrojó á la multitud las monedas de plata y de cobre; despues recogió la alfombra, entregó el cofre á Djeouar, y poniendo en sus manos el extremo de la cadena, ella y él se abrieron paso entre las gentes que los rodeaban, y fuéron á hospedarse á un kan.

Y así vivieron un año; ella cantaba y tañia en las plazas y en los bazares; él entre tanto, ceñudo y silencioso, permanecia en el ángulo de la alfombra, sumido en hondas meditaciones.

Cada dia era mayor la cantidad que el pueblo arrojaba á la hermosa esclava, y llegó uno en que encontraron reunido casi un tesoro.

Ella acrecia en encantos; él menguaba en fuerza; su espalda se encorvaba más y más; su barba encanecia y sus hundidos ojos se amortiguaban; los sufrimientos habian hecho de él un imbécil; despues de haber amado á Noemi, amándola aún, amaba á Betsabé; pero siempre le era fatal su destino; estaba condenado al aislamiento y á la desesperacion. Betsabé le aborrecia como esclava; le despreciaba como mujer, y le inspiraba desgarradores pensamientos como hada.

Nunca existió hombre más desdichado que Djeouar.