Además, ésta, acompañada de las otras tres princesas extranjeras, y rodeada de las comitivas ostentosas con que se habian presentado en las fiestas, permanecia impasible en un campo de sangre en que volaba más de un venablo, y en que más de una lanza, arrojada por un brazo membrudo, habia venido á clavarse rechinando en la gradería sobre que posaba su pié.
Ni habia en ella piedad ni terror; sus ojos brilladores, fijos y sombríos, lanzaban una mirada intensa, contínua, fatídica, en Al-Hhamar, siguiéndole do quiera se encontraba, ora al frente de los suyos; ora con la espada en alto, revolviendo su corcel entre sus enemigos.
Nunca habia estado menos feliz Al-Hhamar; lidiaba al frente de los mismos con quienes habia vencido batallas en campo abierto, y sin embargo aquel dia no adelantaba tan sólo el trecho de una pica; sentíase, sí, empujar, arrastrar, perder terreno; caian á centenares los suyos; su hijo Mohamet habia perdido el caballo, y su valiente pendon, arrancado cien veces por manos leales de manos moribundas, cejaba como impelido por un poder superior. Crecia el tumulto; sobre el estruendo de las armas surgia el grito de los combatientes, y al par que unos clamaban ¡muerte á Al-Hhamar! oíase atronador como el rugido de un leon furioso, el grito de guerra de los soldados del rey: ¡Al-Hhamar le galib!
Y entonces, cuando la lucha se acercaba á su término, cuando Al-Hhamar y los suyos habian sido rechazados hasta el estrado real, cuando Betsabé mostraba en sus ojos la alegría del triunfo; fué cuando Wahdah precipitó su caballo en la plaza, y envuelta con los Zenetes, lanzó una mirada á Betsabé, vió á sus piés al caballero de lo verde, dió un grito y tendió á él los brazos suplicantes; porque desde la aparicion de aquel caballero en las fiestas habia creido reconocer en él á su hijo: porque su corazon le arrastraba con una fuerza misteriosa al valiente incógnito.
—¡A mí! ¡á mí! príncipe Juzef Abd'allah, gritó Wahdah tendiendo hácia él los brazos; ¡mata, hiende, atropella! ¡A mí, príncipe Juzef!
El caballero de lo verde no podia oir entre el estruendo los gritos de Wahdah, pero comprendió su ademan y se lanzó en el coso.
El semblante de Betsabé se nubló; el caballero habia saltado en un caballo que halló sin dueño, y se batia como un leopardo, pretendiendo abrirse paso hasta Wahdah; pero sus esfuerzos eran inútiles; acosábanle las gentes de los walíes, su lanza habia saltado en astillas y su espada obedecia mal á su cansado brazo; no era el mismo caballero vencedor poco antes de tamañas pruebas; era un sér débil; hubiérasele podido creer una mujer cubierta con un arnés de guerra.
Betsabé le observaba con ansiedad; le vió próximo á sucumbir y palideció; entonces sus labios se agitaron murmurando palabras misteriosas, y brilló en sus manos el anillo mágico. El caballero de lo verde se trasformó; irguióse, aplicó los acicates á su caballo, y embistió espada en alto á los que le acosaban; ni el vendabal que abate los cedros, ni el torrente que desquicia las rocas, ni el rayo que desploma las torres, hubieran sido bastantes á igualar la rapidez con que el desconocido hirió, derribó y dió muerte á los mismos entre los cuales un momento antes estaba próximo á sucumbir. Betsabé temblaba de furor, Al-Hhamar ganaba terreno, el desconocido estaba en fin en los brazos de Wahdah, que le arrancó la visera.
Era el príncipe Juzef A'bd-allah.
Los walíes habian sido vencidos; y aquellos de los suyos que no pudieron salvarse, fuéron exterminados por los leales servidores de Al-Hhamar.