Sangre, cadáveres, arneses y armas rotas; hé aquí lo que quedaba de la hazaña de los walíes; el rey habia vuelto á subir al estrado, y abrazaba estrechamente al príncipe Juzef, á quien en aquel aciago dia era deudor de la vida y la corona.
—¡Ah, mi valiente leoncillo! decia el rey fijando una mirada llena de orgullo en su hijo; ¿qué quieres de cuanto en mi reino hay, ó de cuanto poseen los nazarenos y los de luengas tierras?
Juzef A'bd-allah no queria más que el amor de Betsabé, y la mostró á su padre.
—En buen hora, contestó el rey. ¿Quiere la garza de la India, añadió dirigiéndose á Betsabé, dar su amor al alcon de Occidente?
Betsabé sonrió graciosamente al rey, y se arrojó en los brazos del príncipe. Wahdah pretendió interponerse, pero la detuvo el rey y la dijo con acento severo.
—¡Sultana! ¡Tus esclavas te esperan! ¡Tu alhamí está solitario! ¡Ve, y aguarda en él al señor!
Wahdah, herida en el corazon, bajó la gradería, saltó en el caballo, y seguida de algunos guardias, llegó á la Casa del Gallo.
Poco tiempo despues, Al-Hhamar, los príncipes Mohamet y Juzef, Betsabé y sus tres hermanas, seguidos de una comitiva cuyas galas iban cubiertas de polvo y sangre, entraron en el alcázar.
Aquella noche hubo zambra, y Betsabé fué esposa del príncipe Juzef A'bd-allah.