V.
La segunda vision de Al-Hhamar.

I.

Por segunda vez, profundas sombras pasaron ante la vista del rey Al-Hhamar; su corazon no se habia estremecido al contemplar aquellos terribles prodigios, y sereno, valiente siempre, deseó saber hasta el fin su destino; el genio del porvenir tocó con su vara mágica el negro humo, y apareció otra vision.

Era la boca de una sima profunda; la luna iluminaba los bordes erizados de maleza, y horribles aves nocturnas revolaban sobre ella: á través de su negra grieta, surgia un ruido contínuo, sordo, pujante, semejante á veces á la carrera de un caballo, otras al rodar de un trueno lejano, ó al estruendo de una roca que desquiciada por el rayo, rueda por la vertiente de una montaña.

Más allá se dejaba notar otro rumor ténue, lejano, perdido, semejante al zumbido de una colmena; era el hálito que se desprendia de Granada; la union del ruido de sus zambras, de sus cantares, de sus riñas por amor, y del grito de alerta de sus atalayas.

Hacia mucho tiempo que los muezzines habian llamado á los fieles á la oracion de alajá: era ya muy entrada la noche, y ni en torno, ni léjos de la sima, en cuanto podia abarcar la vista, se veia ni un sér, ni una bestia, ni un ave, más que las nocturnas que volaban sobre el abismo oscuro y rugiente.

Era aquella la parte oriental de la Colina Roja, lugar temido, señalado como maldito por terribles consejas, y por el cual nadie se atrevia á transitar, sino en medio del dia, apresurando el paso é invocando el santo nombre de Allah.

Y á pesar de esto y de lo avanzado de la hora, apareció en la cumbre de la Colina una sombra blanca acompañada de otras que llevaban antorchas encendidas; la primera sombra tomó una de ellas, avanzó sola, llegó á los bordes de la sima, y descendió.

La bajada era una ancha espiral cortada en la roca, que se torcia pendiente y escabrosa en torno de la sima; cada vuelta terminaba en una plataforma; cada plataforma daba entrada á una gruta.