La sombra describió descendiendo siete vueltas, y se deslizó ligeramente como una gacela junto á seis grutas; en la sétima terminaba la senda; la sombra entró en ella.
La luz de la antorcha, reducida á un estrecho espacio, aumentó su brillantez; una ráfaga de viento emanado del fondo de la gruta, arrebató el velo de la sombra y dejó ver su semblante: era Wahdah.
Una segunda ráfaga, más fuerte que la primera, apagó la antorcha.
La sultana habia llegado hasta allí, dominando el terror que le inspiraba el extraño y medroso ruido emanado del fondo de la sima; ruido incomprensible, raudo, potente; entonces le oia de una manera inequívoca; le producia la carrera de un caballo sobre un pavimento sonoro; retemblaba la gruta, sentia Wahdah pasar y repasar aquella carrera debajo de sus piés.
El terror, dominado hasta entonces, se reveló inmenso, mortal: Wahdah quiso huir, invocó á Allah, y se volvió á la entrada de la gruta; pero su túnica se enredó en los espinos y la detuvo: creyóse asida por una mano invisible, y se desmayó.
Pero fuese que tornase del letargo, fuese una vision que él producia en su espíritu, abrió los ojos, y una luz más brillante que la del sol y la que pudieran lanzar todas las estrellas juntas, la deslumbró: lentamente su vista fué haciéndose superior á la influencia de aquella luz intensa, y vió, apoyada en la balaustrada de un ajimez festonado, sustentado por columnas de nácar, un magnífico aposento circular, cubierto por una cúpula estrellada y sustentado por delgadas columnas labradas con piedras preciosas; el pavimento era de una piedra de una sola pieza, roja y trasparente como el rubí y dura como el diamante; en el centro de él, dormida sobre almohadones de púrpura y rodeada por perfumeros de oro, en los que ardian la mirra y el aloe, se veia una mujer de maravillosa hermosura, envuelta en un largo sudario, blanco como su tersa y purísima frente, cuya hermosura realzaban los largos y ondulantes rizos de su negra cabellera, ceñida por una corona de siemprevivas, que por su frescura parecian recientemente cortadas de sus humildes tallos.
De aquella corona emanaba la luz diáfana y brillante que iluminaba el aposento, alrededor del cual, un segundo sér, jinete en un caballo blanco, corria á rienda suelta, pretendiendo en vano estrechar el círculo invisible y misterioso que le separaba de la mujer dormida.
Aquel hombre era un árabe de piel tostada y mirada salvaje; ceñia su frente una toca blanca; cubríale un caftan de lana, dejando desnudos sus brazos y sus piernas; un alquicel anchísimo flotaba sujeto á sus hombros, á impulsos de la veloz carrera del bruto, y en su diestra agitaba una larga y fuertísima lanza.
Cuando Wahdah, despues de haber contemplado el aposento, la mujer y el jinete, que estaban á sus piés, miró en torno suyo, vió otro hombre además, sentado en un nicho calado y abierto en el muro junto al ajimez, con las piernas cruzadas, sosteniendo sobre ellas un gran libro con forro azul, y apoyando en él sus brazos, mientras abarcaba con sus manos su cabeza hermosa, meditabunda y melancólica.
Aquel hombre posaba una mirada intensa en Wahdah, que tenia fija en él la suya, fascinada, pálida, temblorosa; quiso hablar, y las palabras espiraron en sus labios; quiso llegar hasta él, y le tendió los brazos.