Wahdah se separó del ajimez, salió del alhamí donde estaba abierto, á un recinto oscuro; era la gruta donde se habia desmayado. La luna encumbrada en lo alto del firmamento, iluminaba con sus pálidos rayos hasta el fondo de la sima, y Wahdah salió de ella, llegó hasta el punto de la colina donde le esperaba su comitiva, y se hizo conducir en un palanquin á la Casa del Gallo. Cuando entró en su retrete, alejó á sus esclavas, cerró la puerta, y se dirigió al alhamí abierto en el muro, levantó el mármol de su pavimento, bajo el cual en otra ocasion habia encontrado un talisman, y pálida de impaciencia, cuidadosa, arrojó una mirada en la cavidad; en ella habia un pequeño cofre de sándalo. Sacóle, le abrió y dió un grito de insensata alegría. Dentro de él, cuidadosamente plegada, estaba la alfombra del trono de Salomon.

II.

En tanto Wahdah habia bajado al abismo, en un apartado aposento del alcázar, estaban dos jóvenes contemplándose con delicia, muellemente recostados sobre anchísimos almohadones.

Eran Betsabé y el príncipe Juzef A'bd-allah.

El, pálido, inquieto, devoraba con una mirada insensata las voluptuosas formas de la hada, arrojada con molicie entre sus brazos; ella derramaba en la mirada del príncipe el amor diabólico, matador, que fluia de sus ojos.

Una luz ténue y opaca iluminaba el aposento; envolvíale el silencio del misterio y del amor.

Betsabé parecia estar satisfecha y feliz; su seno se agitaba por una dulce conmocion; sus manos estrechaban calenturientas las del príncipe.

A pesar de esta aparente felicidad, de vez en cuando una imperceptible expresion de inquietud, nublaba el semblante de la hada; desprendíase de los brazos de Juzef, y miraba hácia el Oriente, que podia verse á través de los abiertos ajimeces.

—¿Qué luces son aquellas? dijo en una de estas ocasiones al príncipe, señalando algunas que brillaban en la cumbre de la Colina Roja, y alcanzaban á verse desde los almohadones en que se reclinaban.