El príncipe miró, y creyó reconocer el ademan de su madre en una forma que aparecia entre las antorchas, conducidas por esclavos negros.
—Serán sin duda cazadores nocturnos, contestó el príncipe, esquivando la pregunta de la hada.
—Mientes, repuso Betsabé; aquella mujer es tu madre. Si me amases no me engañarias.
—¡Si yo te amara! exclamó con delirio el príncipe; pues ¿por quién la luz me es odiosa y anhelo la venida de la noche con su soledad y su silencio? ¡Que no te amo, cuando me ves muriendo por tí!
—Y ¿qué me importa, si ese amor es inferior al que te inspiran los tuyos? Yo quiero ser sultana...
El rostro del príncipe se puso lívido, y su corazon se heló al escuchar estas últimas palabras.
—Yo queria ser sultana, continuó Betsabé; y para serlo era necesario que muriese tu padre; yo habia dado á un bruto una fuerza terrible por medio de mi talisman; Al-Hhamar estaba frente á ella; un momento más y era sultana. Pero tú te arrojaste entre el rey y el toro; temblé por tu vida, y mi talisman te hizo vencedor de la fiera. Habias hecho por entonces inútil mi poder. Y yo pude dejarte morir, como se abandona á un perro ó á un esclavo. Mi amor intenso, único, superior á mí misma, te salvó.
La conmocion del príncipe crecia.
—Más tarde, tropas enemigas inundaron el coso; como al toro, las hacia invencibles mi talisman; los caballeros más bizarros del reino cejaban ante ellas; el rey estaba acosado; por entonces habia logrado contenerte; obedecias á mi poder; pero llegó tu madre, te tendió los brazos y te lanzaste al combate por llegar junto á ella; te ví cansado, próximo á sucumbir, y mi amor te acorrió otra vez; arrollaste á los esclavos de los walíes, como el viento del invierno las secas hojarascas, y el rey se salvó. Yo te antepongo á todo, á mi felicidad, á mi salvacion, y ¡tú no me amas!