Betsabé arrojó sobre el príncipe una mirada suprema; el jóven tembló, sintió abrasarse su corazon y nublarse su espíritu, y cayó á los piés de su amada.

—¡Oh luz de mis ojos! la dijo: no llores; por cada una de tus lágrimas, verteria yo torrentes de sangre. Habla, dispuesto estoy; ¿qué quieres de mí?

—Quiero ser sultana.

—Pues bien, lo serás. ¿Qué me importan los siete cielos de Dios, si tú estás triste, lumbre de mi vida? Manda, tu siervo está ante tí.

Betsabé sacó del seno el pomo de oro que le habia entregado Absalon.

—Aquí está la muerte, dijo al príncipe.

—¿Y quién ha de morir? preguntó temblando Juzef A'bd-Allah.

—Al fin de esa galería, contestó Betsabé señalando una puerta frontera, hay un aposento que guardan esclavos y servidores; en ese aposento hay una fuente llena de agua cristalina donde hace su ablucion un hombre; es necesario que viertas este pomo en esa pila, tú, que puedes llegar libremente hasta ella, antes de que el muecin suba al alminar al lucir de la alborada para llamar á los fieles á la oracion.

—Pero ese es el aposento de mi padre, Betsabé, murmuró transido de terror el príncipe.

—¿Y qué me importa tu padre? gritó colérica Betsabé. ¿Qué me importas tú? Yo he visto caer ante mi generaciones enteras, á un leve impulso de mi voluntad, ¿y me resistes tú? ¡Esclavo de mi poder, obedece! añadió Betsabé, volviendo hácia afuera el sello del anillo de Salomon, que tenia ceñido en uno de sus dedos.