Juzef se levantó como al impulso de un poder incontrastable, llegó hasta la puerta señalada por Betsabé, atravesó la galería, pasó entre los guardas que velaban ante el aposento del rey, sin que ninguno le impidiese la entrada, sin que uno solo dejase de inclinarse al pasar el príncipe que entró.

III.

Una lámpara de hierro alumbraba el aposento del rey, modesto y severo, en cuyas paredes se veian escritas por do quiera suras (versos) del Koran: en un alhamí en el fondo dormia Al-Hhamar, con el sueño que prestan un corazon puro y una ambicion satisfecha. Sobre el lecho, cuyas ropas eran de blanco lino, la luz de la lámpara hacia lanzar brillantes destellos á un fuerte arnés, á una hacha de armas y á una espada.

El príncipe se acercó cautelosamente al lecho y contempló largo rato el noble y hermoso semblante de su padre: si este hubiese entonces despertado, le hubiera causado horror la expresion del semblante de su hijo predilecto, de su querido leoncillo, con quien tal vez soñaba en las horas de su breve reposo; los ojos del príncipe estaban desencajados, su boca contraida, sus mejillas cárdenas, sus manos crispadas. Una sonrisa siniestra vagaba en sus labios y su corazon estaba frio.

De repente, como arrastrado de una fuerza irresistible, se separó del lecho, llegó al centro de la estancia y, con una calma horrible, vertió el contenido del pomo en el agua que llenaba una fuente de alabastro. Luego, cauteloso como habia entrado, tornó junto á Betsabé.

Estaba rodeada de Djeidah, Zahra y Obeidah.

—¿Qué es de vuestros esposos? les preguntó.

Las tres hadas, como Betsabé á Juzef, se habian enlazado á los walíes.

—Abo-Ishac, contestó Djeidah, está inconsolable, por la pérdida del oro invertido en pagar sus caballeros; apenas repara en mí; es un miserable.

—Abu-Abdalá, dijo Zahra, está aún avergonzado de haber sido vencido por un niño, y me hace sufrir todas las rarezas de su ridículo orgullo. Es un gato salvaje que no me ama.