—Abul-Hassan, murmuró Obeidah, no se ha perdonado aún el descalabro de Bib-Rambla y ha levantado sobre mí su látigo. Es un perro infiel que me hace muy desdichada.

—¿Qué me importan vuestra felicidad ó vuestro enojo? exclamó colérica Betsabé, dirigiéndose á sus hermanas. ¿Os he lanzado yo junto á ellos para que solo penseis en el amor? ¿Qué hacen vuestros esposos? ¿Qué meditan contra el rey?

—Han enviado mensajeros, contestó Djeidah, acogiéndose bajo la fe y amparo del rey Alfonso X de Castilla: con él vendrán sobre Granada, y la muerte y el estrago cabalgarán delante de ellos.

—Pues bien, que entren sus algaras por la vega, dijo Betsabé, que arrasen sus villas, que incendien sus castillos; es necesario que si el tósigo respeta á ese hombre, sucumba por el hierro: es necesario que no se levante la Torre de los Siete Suelos. Idos, y cumplid lo que os he ordenado.

Las tres hadas desaparecieron. Juzef dormia, entregado á un letargo profundo; por los ajimeces penetraba ya la luz de la alborada.

Betsabé fijaba en la cumbre de la Colina Roja una mirada sombría; era el momento en que Wahdah salia de la sima.

—¡Oh! ¡ya es tarde para tí, esclava! murmuró Betsabé; el muecin llama á la oracion, y muy pronto el tósigo penetrará en las venas de tu amado.

Y en efecto, el muecin llamaba á los fieles, desde el alminar, á la oracion de azohhi.

Betsabé se dirigió al aposento del rey; los guardas la detuvieron.