—No puedes entrar, princesa, dijo uno de ellos; nuestro rey y señor está haciendo su ablucion.

Y era así; Betsabé, á través de las plegaduras del tapiz que cubria la puerta, vió á Al-Hhamar, arrojando sobre su cabeza el agua de la pila de alabastro situada en el centro del retrete real.

Entonces un pensamiento extraño surgió en su mente.

—¡Si Juzef no hubiera vertido el tósigo! se dijo.

Y corrió á su retrete donde dormia el príncipe, y le arrancó el pomo que asia aún entre sus crispadas manos.

—¡Vacío! ¡está vacío! exclamó Betsabé entregándose á una feroz alegría. ¡Oh! ¡volveré á mi eternidad, á mis jardines, á mis alcázares! ¡Oh Salomon! ¡qué grande y poderoso eres!

IV.

Pero la alegría de Betsabé fué de corta duracion; palideció su frente, estremecióse como por efecto de un terror invencible, y sus ojos se inyectaron de sangre; habia resonado en su oído una voz poderosa que la evocaba, una voz que la obligaba á obedecer como la del señor al esclavo.

Betsabé obedeció, pues, y apareció ante Wahdah.