Estaba esta envuelta en la alfombra del trono de Salomon; los destellos que lanzaba el talisman la rodeaban de una clarísima aureola; su hermosura tenia doble encanto; era entonces más hermosa que Betsabé, sólo podia comparársela á una hurí.

Su ademan era imperioso; su sonrisa terrible; la mirada de sus negros ojos, radiante é intensa, se fijaba en la de Betsabé, que comprendió su destino y cayó á los piés de la sultana.

—¡Perdon! gritó la hada; no me arrojes á las tinieblas y á la desesperacion, y seré tu esclava; quítame mi poder, pero que no se levante la torre sobre el abismo.

—Lo que está escrito se cumplirá, contestó Wahdah: ¿acaso pretendias, miserable espíritu condenado, hacerte superior á tu destino?


Betsabé entregó á Wahdah el anillo cabalístico, y salió de su retrete para encerrarse en el suyo.

Aún dormia el príncipe Juzef; Betsabé se arrodilló junto á él é inundó de lágrimas su frente; era la primera vez que la conmocion hacia brotar el llanto á los ojos de aquel espíritu soberbio y rebelde; era la primera vez que un amor de mortal habia llenado su corazon. Tal vez surgió en su mente el pensamiento de suplicar á Allah, pero su soberbia le rechazó, y desesperada, con la insensatez pintada en sus ojos, se replegó en un ángulo del divan.

El príncipe Juzef dormia. Betsabé sentia pasar el tiempo con una rapidez cruel; Wahdah en tanto contaba un siglo por cada vez que la voz del muecin llamaba á los fieles á la oracion; al fin llegó la hora de alajá: la noche encapotaba el espacio, la luna habia aparecido en el Oriente. Wahdah, reclinada en el ajimez, miraba á la Colina Roja y esperaba que la luna llegase á la mitad de su curso. Al fin llegó el momento tan temido por Betsabé y tan anhelado por Wahdah; la luna tocó en lo más alto de su órbita, y la sultana volvió el sello de la sortija cabalística al Oriente.

—¡Genios, esclavos del anillo; y del sello! exclamó. ¡En nombre del alto y poderoso Salomon, á quien Allah perpetúe la gloria, edificad el castillo de la Alhambra!

Apenas pronunciadas estas palabras, nublóse la luna, giraron en el espacio millones de sonoros rumores, y en la cumbre de la Colina Roja, aparecieron antorchas sin número, á cuya luz se veian cruzar, perderse y volver á aparecer multitud de hombres.