Una niebla densa fué velando la colina y todo lo envolvió; la sultana permaneció en el ajimez; veíase aún el resplandor informe y dudoso de las antorchas, oscilando, alejándose y tornando á aparecer; al fin la luz del crepúsculo dominó aquel resplandor mate, la alborada disipó la niebla, y Wahdah vió ante sí con asombro sobre la cumbre de la Colina Roja, un fuerte castillo.
Cuatro murciélagos pasaron entonces lanzando agudos gritos por delante del ajimez de Wahdah: eran Betsabé, Djeidah, Zahra y Obeidah.
La Torre de Siete Suelos se habia levantado sobre el abismo y las cuatro hadas iban á esperar en su oscuro seno á sus amantes.
Wahdah, entregada á una alegría delirante, corrió al aposento de su esposo. Este hacia su ablucion en la misma fuente en que el dia anterior habia vertido el tósigo el príncipe Juzef A'bd-allah.
El rey la miró con semblante severo; Wahdah se prosternó ante él.
—Levántate, Wahdah, exclamó el rey: ¿por qué abandonas tu retrete, cuando no te han llamado mis esclavos?
Wahdah se levantó y extendió su diestra en direccion á un ajimez á través del cual se veia la Colina Roja.
El rey exhaló una exclamacion de sorpresa.
—¿Qué torres son aquellas, dijo, que se levantan sobre la montaña? ¿Qué alminar es aquel que se eleva hasta las nubes? ¿Y de quién aquel alcázar cuyas cúpulas de oro lanzan rayos de fuego heridas por el sol de la mañana?
Wahdah refirió al rey el orígen de Betsabé, su ambicion y su odio hácia él, y le entregó el anillo y la alfombra de Salomon.