VI.

Por esta vez el genio del porvenir no hizo desaparecer la vision; el rey Al-Hhamar contemplaba extasiado aquel fuerte castillo con sus torres almenadas, sus agudos y esbeltos mirabetes y su magnífico alcázar con cúpulas doradas.

—Espada del Islam, dijo el genio dirigiéndose al rey; tú has preguntado á aquel que ha sido, es y será, por qué tu alma está cubierta de una tristeza profunda, que hace tus dias sombríos y tus noches sin sueño; y Allah me ha ordenado abrir ante tí el libro del destino; has leido su página funesta; te has visto vendido por tus walíes, asesinado por tu hijo; has sentido en tus venas el frio del tósigo mortal y no has temblado, ni el grito de la venganza ha resonado en tu corazon; eres valiente, generoso y magnánimo, y el Señor fuerte é invencible es contigo. Ese alcázar que ves, llevará á la posteridad tu nombre, y una mujer, elegida por Allah entre sus huríes, morará contigo por toda la eternidad. Mira.

El castillo se veló en profundas nieblas al contacto de la vara del genio, y en su lugar apareció una mujer. Ni el alba es más fragante, ni el sol más resplandeciente, ni las nubes de la montaña más blancas, que aquella aparicion divina; las palabras de los hombres no eran bastantes para encarecer su hermosura.

El corazon del rey se estremeció de amor, y tendió los brazos á la hermosa que fijaba en él la dulce y purísima mirada de sus ojos negros.

—Aguarda, le dijo el genio, aún no conoces enteramente tu porvenir; al espirar una luna desde este momento, tu cuerpo habrá descendido al sepulcro; el tósigo habrá roido lentamente tus entrañas; tu hijo te habrá entregado á la muerte; ¿qué castigo pides á Allah para el parricida?

Al-Hhamar se prosternó.

—¡Es mi hijo! exclamó, ¡mi hijo á quien amo! ¡Desdichado de él que ha caido en poder de Eblis! ¡Perdon para mi hijo!

—Justo entre los justos, magnánimo entre los magnánimos; tu hijo será contigo en el Edem, cuando el príncipe Aben-al-Malek rompa el encanto de la hurí que duerme en la Torre de los Siete Suelos.

El rey se levantó, la mujer de sus amores, la hermosa presentada á él por el genio del porvenir, se arrojó en sus brazos; Al-Hhamar aspiró la suavidad que se desprendia de su sér, reclinó la frente sobre su purísimo seno, y un letargo delicioso cerró sus ojos, creyóse elevado en el espacio, suavemente mecido por las brisas, en una region misteriosa, velada en sombras é impregnada de perfumes: tanta felicidad oprimia su corazon, y despertó.