El espíritu de Djeouar velaba en el mismo nicho donde le habia visto la sultana Wahdah, con sus piernas cruzadas, el libro forrado de seda azul sobre ellas, los codos apoyados en el libro y el rostro entre las manos.

Abajo, en el fondo del retrete, velada por su blanco sudario, ceñidos los cabellos por la corona de siemprevivas, de la cual emanaba la luz que llenaba de un ambiente diáfano aquel magnífico aposento, dormia la hurí Fayzuly; y Aben-Zohayr, el árabe vendido á Eblis y maldecido por Dios, corria aún como antes, la vista fija en la hurí, flotante el alquicel, la pica enhiesta, ensangrentado el acicate; su caballo blanco, lanzaba fuego por las anchas narices, y corria, volaba con la rapidez del rayo lanzando en su carrera el polvo que, arrancado por sus herraduras del pavimento, se elevaba formando una especie de niebla contínua, en cuyo fatídico círculo se veian pasar y volver á pasar, siempre incansables, siempre veloces, el caballero y el bruto.

Además habia otro sér en la torre; era un hermoso mancebo de quince años; el bozo no habia orlado aún su semblante; su traje era de riquísimo brocado, lucia en su toca un joyel de diamantes y ceñian sus piés unos borceguíes de grana labrados con oro y armados con acicates de caballero; sobre su pecho lucia un escudo que mostraba pintado un murciélago negro, con este mote en rojo: Si no venzo, esta es mi suerte; y sujeto á su cintura en una faja de la India se veia un ancho y reluciente alfanje.

Este mancebo dormia sobre el pavimento, y por acaso tal vez reclinaba su cabeza sobre el seno de la hurí: los dos eran hermosos; hubiéraseles podido tomar por dos amantes guardados por un demonio, y por un ángel caido, sufriendo el poder de un encanto; los dos soñaban sin duda, porque en la animada expresion de sus semblantes dormidos, se traslucia el pensamiento abierto á la luz del mundo de los sueños.

El de ella debia ser tranquilo, lleno de encantos y placeres; porque en sus labios lucia una sonrisa inefable; el de él, terrible, apenador, sombrío, porque su semblante estaba cubierto de frio sudor, y la expresion de un dolor agudo contraia la pureza de las hermosas formas de su boca.

La torre estaba tranquila; no se oia otra cosa que el son monótono, seco y contínuo de la carrera del caballo; la hurí y el jóven dormian, Djeouar meditaba, y el árabe corria.

De repente, se alteró aquello que podia llamarse paz en la torre: oyéronse siete voces que partian de fuera del retrete, bramadoras, disonantes; voces infernales que clamaban á grito herido; el árabe entonó un atronador canto de guerra; y el caballo, apresurando su carrera, unió su relincho extridente y poderoso á aquellas voces malditas: Djeouar se levantó sobre el nicho, teniendo el libro azul entre las manos, y dominando con su voz fuerte y sonora aquel estruendo infernal, gritó:

—Despierta, príncipe Juzef A'bd-Allah; despierta; ha llegado la hora; despierta y escúchame.

El mancebo que dormia junto á la hurí, despertó y se puso de pié.