—¿Quién me llama? dijo con una voz timbrada por el dolor y la tristeza, ¿ha sonado ya la trompeta del arcángel?
—Príncipe, continuó Djeouar; tú vertiste tósigo de muerte en el agua de ablucion de tu padre el rey Al-Hhamar el vencedor y el magnífico, á quien Dios perpetúe la gloria, y dejaste caer sobre él la losa del sepulcro.
El príncipe se prosternó.
—Pero tu sér estaba fascinado por los espíritus infernales, continuó Djeouar; pudiste haberlos alejado de tí, purificando tu espíritu con la oracion; pero eras irreligioso é impío, te mofabas de Allah, y Allah te ha hecho expiar tu culpa.
El príncipe seguia prosternado.
—Levántate, Juzef, prosiguió Djeouar.
El mancebo se alzó del pavimento y escuchó á Djeouar.
—Sin los ruegos de tu padre, varon justo, que te perdonó al morir, el puente Sirat se hubiera roto bajo tu planta, y hubieras caido en el fuego eterno, como Aben-Zohayr el árabe condenado. Pero aún no está terminada tu prueba; tú padecerás conmigo hasta que un príncipe bendecido por Dios, rompa los siete encantos á que están sujetos los Siete Suelos de esta torre, hasta que venza á Betsabé, Djeidah, Zahra y Obeidah, y á los walíes de Málaga, Guadix y Comares, que transformados en murciélagos, guardan cada uno de los Siete Suelos.
—¿Y qué he de hacer? contestó el príncipe.